Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
Han visto a miembros de la familia real saudí bailando en los corredores del palacio en Riad. El heredero del trono libio, el príncipe al-Senussi, sobrino del rey Idriss que fue depuesto por Muamar Gadafi y otros en un incruento golpe militar en 1969, se ha lanzado a una ajetreada campaña de autopromoción, diciendo que está listo para volver a Libia e incluso para “dirigir el país”.
por Frente Popular para la Liberación de Palestina
El nuevo plan de "paz" lanzado por Obama y Netanyahu, con la participación del presidente de Egipto Hosni Mubarak, el rey Abdalá de Jordania y Mahmud Abbas, sin la presencia de Hamás, es una nueva provocación contra el pueblo palestino y un nuevo intento de debilitar, dividir y desarmar a las organizaciones palestinas antiimperialistas, así como reforzar a Mahmud Abbas como presidente de Fatah, ya bastante debilitado tras ser derrotado por Hamás en las elecciones palestinas de 2006 y desprestigiado por su constante debilidad ante los planes estadounidense-israelíes.
Una brigada de Komite Internazionalistak consiguió el pasado 20 de julio entrar en Gaza, un lugar donde, pese a la ocupación y las incesables torturas, la resistencia se mantiene en pie.
Michel Collon, Escritor y periodista Especial de Tribuna Popular
Entrevista a Michel Collon, escritor y periodista. Animador del sitio web http://www.michelcollon.info, Responde a los grandes mitos que sirven para justificar a Israel y su política.
Recibimos la información de que el músico norteamericano Matisyahu se presentará en Bogotá el 24 de abril. En 2006 una canción llamada King Without a Crown invadió los diales de la radio y sonaba en todas las fiestas. Matisyahu, el intérprete de este tema viene a Colombia a surtirse de farlopa y llenar sus bolsillos a costa de los amantes inconscientes del dub, el hip hop y el reggae. Las boletas no bajan de $125.000, el salario de una semana para un obrero.
Por esta razón, decidimos reproducir el siguiente artículo, publicado en SurSystem cuando el tipo estaba de moda:
A mediados del año pasado gracias a un amigo de Medellín, llegaron vía internet algunos temas de Matisyahu a mis oídos y al indagar sobre éste músico en la red, las primeras imágenes que observé fueron las de un hombre vestido con el tradicional atuendo de los judíos ortodoxos: sombrero y traje negro, camisa blanca, barba larga y los peculiares bucles de su cabello al estilo Krustofsky (padre de Krusty en Los Simpsons). A partir de allí quise enterarme de la temática de sus letras pero después de darle varias vueltas en el winamp, quedó en el profundo olvido entre el constante flujo de municiones sonoras de mi reproductor.
Ahora, cuando Matisyahu está en la boca no sólo de amigos, sino de los mass media, me tomo el atrevimiento y aprovecho la temática de esta web para compartir mi opinión muy personal con los lectores de Sursystem, la cual queda abierta a toda clase de comentarios.
Musicalmente el tipo lo hace muy bien, suena un reggae muy limpio con bases de dub, y su canto a lo ragamuffin es tremendamente pegajoso. Pero es su mensaje radical religioso y activismo pro israelí que no me cuadra, esto sumado a un marketing manufacturado bajo el sello Sony Music, recibiendo una superpromoción en Estados Unidos, rotando diariamente en MTV Channel e incluso esponsorizado en ocasiones por la Microsoft. Recordemos que USA es un país con una gran influencia económica judía.
Según las entrevistas y artículos arrojados por internet, Matisyahu pertenece al movimiento fundamentalista místico judío del hasidismo, que apoya al estado de Israel y justifica con argumentos religiosos la ocupación y la limpieza étnica de Palestina y la discriminación de la mujer. En efecto, nuestra ingenua Shakira y ahora entusiasmada con la onda reggae (Hips don´t lie) se impresionó con el primer trabajo del rabino y quiso llevárselo de gira por Estados Unidos y éste la rechazó porque según su religión las mujeres no deberían cantar.
Seguramente se podría decir que algunas vertientes ortodoxas del rastafarismo rayan también en este tipo de extremos y no habrían muchas diferencias con Matisyahu, pero mi posición no es defender a unos y acusar a otros; sino más bien el dejar claro que, como presas cautivas del consumo masivo, nos tomemos la paciencia de conocer lo que nos llega y sobre todo por ese auge esnob rasta que de un tiempo para acá vemos en nuestras ciudades.
Sin ser un purista del reggae recomiendo conocer y reconocer el trabajo de clásicos como Steel Pulse, Barrington Levy, Sizzla [este sujeto merece el mismo trato que Matisyahu dada su conocida homofobia, nota de Molodoi64], Laurel Aitken, Capleton o el mismísimo Bob Marley (haciendo a un lado el album Legend).
Fuentes oficiales israelíes confirmaron ayer por primera vez su disposición a dejar en libertad a 980 prisioneros palestinos a cambio del soldado Guilad Shalit. Precisó, asimismo, que permitirá a Hamas que elija el nombre de 450 de los resistentes que volverán a casa.
La radio pública israelí anunció que el gobierno de Benjamin Netanyahu está dispuesto a liberar a 980 prisioneros palestinos a cambio del soldado Guilad Shalit, capturado hace tres años por la resistencia palestina.
En una audiencia ante la Corte Suprema, el fiscal del Estado precisó por primera vez la cifra de los prisioneros que serán objeto del canje. El procurador añadió que 450 resistentes palestinos serán elegidos por el Movimiento de la Resistencia Islámica (Hamas), mientras que Israel determinará la lista de los otros 530 excarcelables.
Más de 11 mil palestinos están encarcelados actualmente en prisiones israelíes.
La lista definitiva no será hecha pública hasta la firma del acuerdo con Hamas y el voto favorable del gobierno israelí, anunció la radio pública, que aseguró que ambas partes se habrían comprometido a respetar una «total discreción» sobre los detalles de la lista ante el intermediario alemán en las negociaciones, que tienen lugar preferentemente en El Cairo.
El fiscal advirtió además de que la censura impuesta a los medios de comunicación israelíes sobre este caso será mantenida para los casos en los que la publicación de una información pudiera poner en riesgo el retorno «sano y salvo» del soldado o si es susceptible de hacer subir el precio por su liberación.
Trabas por las «víctimas»
El fiscal dio esas precisiones en respuesta a un recurso interpuesto por dos grupos, uno de ellos la organización de «víctimas del terrorismo» Almagor, que se oponen a este intercambio y exigían que el Estado hiciera pública de manera inmediata la lista de los prisioneros palestinos que serán objeto del canje con Hamas.
El pasado jueves, el ministro de Defensa, Ehud Barak, afirmó que Israel no estaría dispuesto a concluir «a cualquier precio» un acuerdo para lograr la vuelta a casa del soldado Shalit.
A cambio de su liberación, Hamas, que gobierna la Franja de Gaza, exige la puesta en libertad de cientos de prisioneros, entre ellos de Marwan Bargouthi, líder de al-Fatah en Cisjordania y uno de los dirigentes de la organización histórica con mayor popularidad entre los palestinos. Incluye asimismo en su lista al secretario general del FPLP (izquierda palestina), Ahmad Sa´adat.
Tras anunciar progresos en las negociaciones, ambas partes han minimizado en los últimos días la posibilidad de una pronta y feliz resolución. La censura militar israelí impone un control férreo a las noticias.
La televisión Al Jazeera está emitiendo reportajes sobre el hip hop en Palestina a raíz del despegue musical generado por el documental «Checkpoint Rock». Fermin Muguruza se ha aliado con el reconocido documentalista de origen peruano Javier Corcuera, responsable de «La espalda del mundo» o «La guerrilla de la memoria», para mostrar al mundo las canciones que hablan de la difícil situación en los territorios ocupados y la dura vida allí de quienes las interpretan.
La inspiración surgió de la película del turcogermano Fatih Akin «Cruzando el puente: Los sonidos de Estambul», que buscaba las conexiones entre la música occidental y la oriental, dentro del interés de los músicos y cineastas por otras culturas diferentes a la suya.
Artistas muy variados
El grupo de artistas que ayudan a divulgar Muguruza y Corcuera cubre un amplio espectro que va desde los instrumentos tradicionales árabes a los sonidos actuales de la calle. Entre los cantantes de siempre está Amal Murkus, junto al profesor de oud Habib Al-Deek. El hip hop es cosa de Dam, tal vez los más famosos en estos momentos, sin olvidar a Safaa Arapiyat, la primera mujer rapera de Palestina.
Unos y otros tienen fuertes influencias comunes y un mismo ideal nacional, tal vez por eso y a modo de mensaje unitario la narración comienza con el entierro del poeta Mahmoud Darwish. Sus textos encuentran un repetido eco que alcanza a todos los palestinos en todas partes, en Tel Aviv, en Cisjordania o en Gaza, salvando los controles militares del título.
Nayaf Hawatmeh es el secretario general del Frente Democrático de Liberación de Palestina (FDLP), una de las formaciones que, junto al Frente Popular de Liberación Palestina (FPLP) y otros grupos, forma parte de la izquierda palestina. Tras la celebración de la Naqba, Hawatmeh realiza un análisis de la situación que vive el pueblo palestino.
Josemi ARRUGAETA Gara, 18 de mayo de 2009
Nayaf Hawatmeh nació en 1938, toda su vida la ha dedicado a la liberación de Palestina y a la causa árabe. Fundador y secretario general del Frente Democrático para la Liberación de Palestina (FDLP), es un reconocido político considerado como un «histórico» de la izquierda palestina y de la tenaz lucha de su pueblo por el derecho a la autodeterminación y la independencia, así como de la emancipación social.
En entrevista para Gara, Nayaf Hawatmeh analiza la compleja situación del conflicto que enfrenta a palestinos e israelíes.
- La unidad de la resistencia palestina es una asignatura pendiente. ¿En qué punto se encuentran las conversaciones entre las fuerzas palestinas actualmente?
- Esta ronda no es la primera del diálogo interpalestino, la primera fue en marzo de 2005, la segunda en junio de 2006, y esta es la tercera ronda en la cual luchamos para recobrar la unidad nacional, tan necesaria para conseguir avanzar en el objetivo de nuestro pueblo, el derecho a la independencia. El diálogo que se llevó a efecto en Egipto es consecuencia del golpe militar del movimiento Hamas, y que provocó la separación de Gaza y Cisjordania. Por lo tanto, la lucha es por recuperar la unidad del pueblo, de la resistencia y del territorio palestino. Nosotros estamos participando activamente en el diálogo, en esta última reunión se llegó a un estancamiento, el 2 de abril, por la intransigencia de ambos, pero sobre todo de Hamas, que no quiere retroceder en su control sobre la Franja de Gaza. Este diálogo se ha postergado hasta dentro de un mes.
- ¿Cuáles son las causas de esta división que resulta tan perniciosa para el pueblo palestino?
- Tanto la derecha laica, representada por Al-Fatah, como la derecha religiosa fundamentalista, representada por Hamas, no están interesadas en la unidad nacional puesto que cada cual tiene su gobierno propio y eso provoca división. En 2007, en Arabia Saudí, se celebró una conferencia palestina con un acuerdo entre Hamas y Al-Fatah para compartir el gobierno entre ambos y no permitir la participación de terceras fuerzas, sin embargo, ese acuerdo se rompió como consecuencia del golpe militar de Hamas en Gaza.
Por otro lado, los países árabes están influyendo negativamente en la recuperación de la unidad de la causa palestina, puesto que algunos países apoyan a Al-Fatah mientras que otros a Hamas, tanto política como financieramente.
- ¿Cómo ve entonces el futuro inmediato de estas conversaciones de unidad palestina?
- Este diálogo ha llegado a un callejón sin salida, pero nosotros esperamos que finalmente se imponga esa unidad sobre la base de un denominador común, no hay otra alternativa. El FDLP, junto con las demás fuerzas democráticas y de la izquierda palestina, luchamos sobre la base de nuestra trayectoria por recuperar esa unidad imprescindible para la liberación nacional. Las fuerzas de la izquierda palestina siempre hemos luchado para resolver los problemas a través del diálogo y a partir de un programa de unidad para poder enfrentar la ocupación. Logramos mantener la unidad durante más de 30 años y estamos seguros de que en las próximas conversaciones vamos a recuperar la unidad a través de un programa común nacional.
- ¿Cuáles son en su opinión los puntos esenciales para poder recuperar la ansiada unidad palestina?
- Primero, aprobar un programa político conjunto, un acuerdo mínimo común entre todas las fuerzas palestinas para combatir la ocupación sionista, que plantee cumplir con las resoluciones de Naciones Unidas para lograr la autodeterminación y la independencia del pueblo palestino, y el retorno de los refugiados, tal como establece la resolución 194 de la ONU. Al mismo tiempo, la recuperación de la unidad debe hacerse sobre bases democráticas a través de elecciones en los territorios de Gaza y Cisjordania.
- ¿Qué papel juegan actualmente la Autoridad Nacional Palestina (ANP) y la OLP en todo este proceso?
- A nivel internacional no se distingue entre lo que es la Autoridad Nacional Palestina y lo que es la OLP como único y legítimo representante de todo el pueblo palestino. La ANP representa a nuestro pueblo en Cisjordania y Gaza, mediante elecciones. Es decir representa un porcentaje del pueblo palestino pero no a la totalidad de los palestinos pues una mayoría vive fuera. Sólo los de Gaza y Cisjordania han tenido oportunidad de escoger democráticamente a sus representantes, en cambio los que viven fuera, que son casi el 60%, no han tenido participación en la elección de la ANP.
La OLP es la representante máxima del pueblo palestino, tanto de los que viven en los territorios de Gaza y Cisjordania como de los que viven en la diáspora. La OLP es una organización muy amplia compuesta por todas las organizaciones que luchan por la independencia y la creación de un estado palestino. [Hamas y la Yihad Islámica no forman parte de la OLP y se oponen al reconocimiento de Israel que supuso el Acuerdo de Oslo]
- ¿La OLP sería entonces el interlocutor legítimo del pueblo palestino en cualquier solución negociada con Israel?
El interlocutor para una solución definitiva al problema palestino es la OLP, que representa la más amplia alianza palestina. Los acuerdos que suscribió Arafat, y que dieron lugar a la Autoridad Nacional, los firmó como máximo representante de la OLP.
- Intifadas, agresión a Líbano y a Gaza...¿La resistencia es cada vez más difícil de controlar por parte de Israel?
- Los gobiernos israelíes han intentado durante 45 años aplastar la resistencia palestina y durante 30 años la resistencia patriótica libanesa sin éxito, por eso continúa su agresividad contra la resistencia nacional palestina y la libanesa.
Cualquier estado que ocupa a otro no puede realmente acabar con una resistencia combatiente y popular. Israel pretende anexarse todos los territorios palestinos. Sus fracasos contra la resistencia libanesa, contra la resistencia palestina, incluyendo la última agresión del Gobierno Barak contra la Franja de Gaza, demuestran que sus objetivos de aplastar la resistencia y ejercer un control completo sobre esos territorios son imposibles.
Por muy fuerte que sea cualquier estado no es posible controlar la resistencia de un pueblo que lucha por su emancipación. La única alternativa real es permitir que ese pueblo pueda ejercer su derecho a la autodeterminación y a la independencia.
- ¿Cómo ven las posibilidades de una negociación palestino-israelí en estos momentos, y qué contenidos debería tener una solución definitiva?
El FDLP lucha por la liberación nacional y está por una solución global al enfrentamiento Israel-Palestina. Nosotros propugnamos la adopción de un programa político basado en el derecho a la autodeterminación, la independencia, el retorno de los refugiados, e intentamos por todos los medios que sea adoptado por todas las fuerzas palestinas.
Lamentablemente, los gobiernos de Israel han obstaculizado todos los intentos de diálogo y negociación. El nuevo gobierno derechista israelí, dirigido por el presidente del Likud, Benjamin Netanyahu, ha declarado que no confía en la fórmula de tierra por paz, sino paz por paz, seguridad por seguridad, lo cual imposibilita cualquier solución de avance real para la creación del estado de Palestina.
- ¿Cuál es el papel que debe jugar la comunidad internacional ante tantas dificultades?
- La comunidad internacional, incluyendo la Liga Árabe, debe apoyar y presionar para hacer cumplir las resoluciones de Naciones Unidas sobre la causa palestina, y estas resoluciones establecen con claridad el derecho del pueblo palestino a la autodeterminación, a la independencia y el retorno de los refugiados.
- ¿A qué se debe el crecimiento y la influencia de las corrientes islamistas?
- Para el FDLP cualquier fuerza de la resistencia siempre es bienvenida, independientemente de su corriente ideológica. Respecto al crecimiento del islamismo político, como son Hamas y la Yihad Islámica tiene tres causas fundamentales: Las consecuencias de los sucesivos gobiernos de Israel desde 1967 que han obstaculizado cualquier posibilidad de un acuerdo de paz en la región, lo que sirve a las fuerzas islamistas para argumentar que el camino de la negociación no ha llegado a ningún punto y que no hay otra alternativa que el extremismo.
Otro aspecto es la división entre los países árabes, gran parte de ellos ofrecen ayuda económica a Hamas.
La tercera causa es la falta de equilibrio a nivel internacional, sobre todo con la caída del bloque socialista, que ha favorecido que Israel pueda bloquear una salida negociada y global al conflicto en la región. Todas estas causas motivaron y ayudaron a que se produjera el crecimiento de las tendencias del islamismo político.
«Pese a todo, el pueblo palestino existe»
- Usted es un hombre histórico de la causa palestina. Después de tantos años de lucha, ¿cuáles considera que son los principales logros de la resistencia?
- Antes de 1967, los gobiernos desconocían por completo la existencia del pueblo palestino. Israel ignoraba al pueblo palestino y planteaba que existían árabes dentro de Israel, y palestinos dentro de los países árabes. Después de la Guerra de los Seis Días, logramos renacer como pueblo, con una identidad palestina, demostramos que el pueblo palestino existe y que tiene derecho a continuar su lucha para lograr sus objetivos.
A partir de 1974, los gobiernos árabes reconocieron la existencia del pueblo palestino, y la representación de la OLP, y gran parte de la comunidad internacional comenzó a reconocer la legitimidad de los reclamos nacionales palestinos. El reconocimiento internacional a la resistencia, a la autodeterminación, al retorno, incluyó resoluciones de la ONU claras sobre los derechos del pueblo palestino.
Construimos para nuestro pueblo un movimiento nacional de liberación, la OLP, que es la plataforma que une todas las fuerzas políticas y sociales palestinas, y es el representante legítimo de nuestro pueblo. Incluso dentro de la sociedad israelí hoy más de la mitad de su población reconoce la existencia del pueblo palestino, a la OLP, y saben que una solución al conflicto palestino-israelí pasa por aplicar las resoluciones de las Naciones Unidas. Estos son logros estratégicos.
- ¿Qué opinión le merece, como palestino, el llamado conflicto vasco?
- El pueblo palestino es un pueblo pequeño que está luchando por su derecho a la autodeterminación contra fuerzas ocupantes. Por lo tanto, apoyamos el derecho de autodeterminación para todos los pueblos oprimidos que luchan por su independencia.
En este caso concreto, saludamos la lucha que lleva a cabo el pueblo vasco y su derecho a la autodeterminación apoyados en el diálogo y la aplicación de las leyes internacionales.
por Gilad Atzmon PeacePalestine Traducción y epílogo de Manuel Talens, realizados para Cubadebate, Rebelión y Tlaxcala.
Una visión alternativa del conflicto israelo-palestino y el activismo pacifista
Este artículo es una elaboración a posteriori de una charla pronunciada por Gilad Atzmon en Brighton (Reino Unido) el 7 de enero de 2008.
Cada vez que me entrevistan en un medio árabe suelen hacerme la misma pregunta: "Gilad, ¿cómo es que usted ve lo que tantos israelíes no pueden ver?". Lo cierto es que son muy pocos los israelíes capaces de interpretar la bancarrota ética israelí como un síntoma innato. Durante muchos años no supe encontrar una respuesta. Sin embargo, hace poco me di cuenta de que tiene algo que ver con mi saxofón. Es la música lo que ha dado forma a mis opiniones sobre el conflicto israelo-palestino y lo que ha fundamentado mi crítica de la identidad judía.
Hoy voy a hablarles a ustedes del camino que lleva desde la música a la ética.
Es bien sabido que la vida adquiere significado cuando se examina de forma retrospectiva, desde el final hasta su origen. Por lo tanto, trataré de escrutar mi propia lucha contra el sionismo a través de mi evolución como músico. Analizaré mi lucha con la música árabe. Trataré de dar más detalles retrospectivos sobre el papel que ha ejercido la música sobre mi conocimiento del mundo que me rodea. Hasta cierto punto, ésa es la historia de mi vida hasta la fecha (al menos de una de ellas).
Crecí en Israel en una familia laica bastante sionista. Mi abuelo fue un veterano terrorista poético y carismático, un ilustre ex comandante de la organización terrorista de derechas Irgún. Debo admitir que tuvo una enorme influencia sobre mí en mi primera infancia. Su odio hacia cualquier cosa que no fuese judía fue un estímulo muy importante. Como odiaba a los alemanes no permitió que mi padre comprase un coche alemán. También despreciaba a los británicos por haber colonizado su "tierra prometida". Supongo que no detestaba a los británicos tanto como a los alemanes, porque sí permitió que mi padre condujese un viejo Vauxhall Viva. Estaba también muy enojado con los palestinos por el hecho de que viviesen en la tierra que, según él, les pertenecía a él y a su pueblo. A menudo solía decir sobre los palestinos: "Con tantos países como tienen estos árabes, ¿por qué han de vivir exactamente en donde nosotros queremos vivir?".
Pero a quienes más odiaba mi abuelo era a los judíos izquierdistas. Sin embargo, debo mencionar que como los izquierdistas judíos nunca han producido ningún automóvil, esta aversión específica no llegó nunca a crear un conflicto de intereses entre él y mi padre. Dado que admiraba a Zeev Jabotinsky (el primer comandante del Irgún), era obvio que mi abuelo se dio cuenta de que la filosofía izquierdista y el sistema de valores judío eran una contradictio in terminis. Siendo como era un veterano terrorista de derechas y un orgulloso judío tribal, sabía muy bien que el sentimiento de tribu nunca puede hacer las paces con el humanismo y el universalismo. Buen seguidor de su maestro Jabotinsky, creía en la filosofía del "telón de acero". Estaba seguro de que a los árabes en general y a los palestinos en particular había que combatirlos sin miedo y de manera implacable. Le gustaba citar el himno del movimiento juvenil sionista Betar, "erigiremos nuestra raza con sangre y sudor".
Mi abuelo creía en la raza judía y, por eso, yo también creía en mi infancia. Al igual que mis allegados, no veía a los palestinos de mi entorno. Sin duda estaban allí, arreglaban el coche de mi padre a mitad de precio, construían nuestras casas, limpiaban el desorden que dejábamos, colocaban cajas en la tienda de alimentación, pero siempre desaparecían justo antes de la puesta del sol y aparecían de nuevo al amanecer. Nunca alternaban con nosotros. La verdad es que no sabíamos quiénes eran y qué defendían. El sentido de la supremacía era algo consustancial en nosotros, observábamos el mundo a través de lentes racistas, chauvinistas.
A los 17 años me estaba preparando para hacer el servicio militar obligatorio. Como era un adolescente robusto, henchido de espíritu sionista y con pretensiones de superioridad moral, estaba destinado a incorporarme a una unidad especial de rescate de las fuerzas aéreas. Pero entonces ocurrió lo inesperado. Durante un programa radiofónico de jazz que transmitían de madrugada, escuché The Master Tapes de Charlie "Bird" Parker.
Me quedé anonadado. Era algo mucho más orgánico, poético, sensible y a la vez salvaje que todo lo que había escuchado antes en mi vida. Mi padre solía escuchar a Bennie Goodman y a Artie Shaw, que eran entretenidos, podían tocar el clarinete, pero Bird era una historia totalmente distinta. Era un espectáculo libidinoso y feroz de ingenio y energía. A la mañana siguiente, en vez de ir a la escuela, me dirigí a todo correr a Piccadilly Record, la tienda de música más importante de Jerusalén. Encontré la sección de jazz y compré todos los LP de bebop que había en los estantes (probablemente sólo dos). En el autobús, de vuelta a casa, me di cuenta de que Charlie Parker era negro. No me sorprendió mucho, pero fue una especie de revelación, porque en mi mundo únicamente los judíos estaban relacionados con algo bueno. Bird fue el principio de un itinerario.
* * *
En aquel tiempo, al igual que mis allegados, yo estaba convencido de que los judíos eran el pueblo elegido. Mi generación creció con la mágica victoria de la Guerra de los Seis Días, estábamos totalmente seguros de nosotros mismos. Como éramos laicos, relacionábamos cada éxito que obteníamos con nuestras cualidades omnipotentes. No creíamos en la intervención divina, creíamos en nosotros mismos. Creíamos que nuestro poderío estaba inmerso en el alma y en la carne hebrea resucitadas. Los palestinos, por su parte, nos servían con obediencia y por entonces no parecía que aquello fuese a cambiar. No daban señales de resistencia colectiva. Sus esporádicos atentados, calificados de "terroristas", nos confirmaban que la justicia estaba de nuestra parte y alimentaban nuestro deseo de venganza. Pero de algún modo, dentro de esta farsa de la omnipotencia, para mi sorpresa aprendí a darme cuenta de que las personas que más me apasionaban eran en realidad un puñado de estadounidenses. Era gente que no tenía nada que ver ni con el milagro sionista ni con mi propia tribu chauvinista y exclusiva.
Dos días después conseguí mi primer saxofón. El saxofón es un instrumento muy fácil para empezar y, si no me creen, pregúntenle a Bill Clinton. Sin embargo, por muy fácil que fuese, tocar como Bird o Cannonball me parecía una misión imposible. Empecé a practicar día y noche y, cuanto más practicaba, más abrumado me sentía ante los logros colosales de esa gran familia de músicos estadounidenses negros, una familia a la que entonces empezaba a conocer con más detalle. Un mes más tarde supe de la existencia de Sonny Rollins, Joe Henderson, Hank Mobley, Monk, Oscar Peterson y Duke , y cuanto más los escuchaba más cuenta me daba de que mi educación judeocéntrica era totalmente errónea. Al cabo de un mes con un saxofón enchufado en la boca mi entusiasmo sionista había desaparecido por completo.
En vez de fantasear con pilotar helicópteros en la retaguardia del enemigo empecé a soñar con vivir en Nueva York, en Londres o en París. Lo único que deseaba era una oportunidad para escuchar a los grandes del jazz, muchos de los cuales todavía estaban vivos a finales de los 70.
Hoy en día, los jóvenes que quieren tocar jazz tienden a matricularse en una facultad de música, pero en mi época era muy diferente. Los que querían tocar música clásica iban a una facultad o a una escuela de música, pero los que querían tocar por afición se quedaban ensayando en su casa las veinticuatro horas del día. Además, a finales de los 70 en Israel no había escuelas de jazz y en mi Jerusalén natal sólo había un club de jazz.
Se llamaba Pargod y estaba en un antiguo baño turco reconvertido. Cada viernes por la noche ofrecían una jam session y durante mis primeros dos años en el jazz aquellas jams fueron la esencia de mi vida. Literalmente hablando abandoné todo lo demás, sólo me dedicaba a ensayar día y noche preparándome para la siguiente "jam del viernes". Escuchaba música, transcribía en el pentagrama algunos grandes solos, incluso ensayaba mientras dormía. Decidí dedicar mi vida al jazz aceptando el hecho de que como israelí de raza blanca mis oportunidades de alcanzar el éxito eran bastante remotas. Sin darme cuenta entonces, mi naciente dedicación al jazz había sobrepasado mis tendencias sionistas exclusivas. Sin ser consciente, olvidé mi pertenencia al pueblo elegido. Me había convertido en un ser humano ordinario. Muchos años después supe que el jazz fue el camino por el que escapé. Unos cuantos meses bastaron para que me sintiese cada vez menos relacionado con mi realidad circundante, empecé a sentirme miembro de una familia mucho más amplia y más grande, de una familia de amantes de la música, de un grupo de personas adorables preocupadas por la belleza y el espíritu en vez de por la tierra y la ocupación.
Sin embargo, aún tenía que hacer el servicio militar. Aunque generaciones posteriores de jóvenes músicos de jazz israelíes se libraron del ejército y se fueron a Nueva York -la Meca del jazz-, para mí, un joven sionista originario de Jerusalén, dicha alternativa no estaba disponible, ni siquiera se me ocurrió tal posibilidad.
En julio de 1981 me alisté en el ejército israelí, pero puedo decir con orgullo que desde el primer día hice todo lo posible por evitar cualquier llamada del deber. Y no porque fuese pacifista ni porque me preocupase por los palestinos o debido a una pasión latente por la paz: lo hice porque adoraba estar solo con mi saxofón.
Cuando estalló la primera guerra de Líbano ya llevaba un año de soldado. No hacía falta ser un genio para saber la verdad, yo sabía que nuestros jefes estaban mintiendo. Cada soldado israelí se dio cuenta de que aquella guerra era una agresión israelí. Por mi parte, me sentía totalmente ajeno a la causa sionista. Ya no formaba parte de ella. Pero todavía no eran ni la política ni la ética lo que me alienaba de aquel entorno, sino el deseo de estar solo con mi instrumento. Llegar a tocar escalas a la velocidad de la luz me parecía mucho más importante que matar árabes en nombre de la redención judía. Por eso, en lugar de convertirme en un asesino diplomado hice todos los esfuerzos posibles por integrarme en una de las bandas. Tardé unos meses en lograrlo, pero al final atraqué sin peligro en la Orquesta de las Fuerzas Aéreas Israelíes (IAFO).
La IAFO era un ejemplo típico de cambalache social, uno podía ingresar en ella por ser un talento prometedor del jazz o sólo por ser hijo de un piloto muerto. El hecho de que yo fuese aceptado a sabiendas de que mi padre estaba entre los vivos me indicó por primera vez que quizá tenía talento musical.
Para mi sorpresa, ninguno de los miembros de la orquesta se tomaba seriamente el ejército. Estábamos todos preocupados por una sola cosa: nuestro desarrollo musical personal. Odiábamos el ejército y no tardé mucho tiempo en odiar también al Estado que tenía un ejército tan grande, con unas fuerzas aéreas tan descomunales que necesitaban una banda de música, la cual me impedía practicar 24 horas al día los siete días de la semana.
Cada vez que teníamos que tocar en un evento militar tratábamos de hacerlo lo peor posible para asegurarnos de que nunca volverían a invitarnos otra vez. En la orquesta de IAFO aprendí por primera vez cómo ser subversivo, cómo destruir el sistema para lograr una perfección personal inmaculada.
En el verano de 1984, sólo tres semanas antes de que me licenciaran, nos enviaron a Líbano para una gira de conciertos. En aquellos momentos Líbano era un lugar muy peligroso y el ejército israelí estaba enterrado en búnkers y trincheras para evitar cualquier confrontación con la población local. Al segundo día llegamos a Ansar, un conocido campo de concentración israelí situado en tierra libanesa. Aquel evento cambió mi vida.
Era un día abrasador de principios de julio. Por un camino polvoriento llegamos al infierno en la tierra, un inmenso centro de detención rodeado de alambradas. De camino hacia las oficinas centrales del campamento pudimos ver a miles de prisioneros calcinándose bajo el sol. Es difícil de creer, pero las bandas militares reciben siempre tratamiento de VIPS. Una vez en los barracones del mando nos llevaron a una visita guiada del campamento.
Íbamos andando junto a las interminables alambradas y las torres de vigilancia. No podía creer lo que veían mis ojos. "¿Quiénes son esas personas?", le pregunté al oficial. "Son palestinos", dijo. "A la izquierda están los de la OLP y a la derecha los de Ahmed Jibril, que son mucho más peligrosos (el Frente Popular para la Liberación de Palestina), así que los mantenemos aislados".
Miré a los prisioneros y me parecieron muy diferentes a los de Jerusalén. Los que vi en Ansar parecían disgustados. No estaban derrotados y eran muchos. Conforme avanzábamos a lo largo de las alambradas y miraba fijamente a los prisioneros me di cuenta de algo insoportable: llevaba puesto un uniforme militar israelí. Mientras que pensaba en mi uniforme y trataba de sobreponerme a un profundo sentido de vergüenza, llegamos a una gran explanada en medio del campamento. Nos quedamos allí alrededor del guía oficial, que nos contó más mentiras sobre aquella guerra que combatíamos para defender nuestro refugio judío. Mientras que nos aburría a muerte con embustes irrelevantes observé que estábamos rodeados por dos docenas de bloques de hormigón de un metro cuadrado de base y unos 130 cm de altura.
Tenían una pequeña puerta de metal y me sentí horrorizado ante el hecho de que mi ejército pudiese haber decidido encerrar a los perros guardianes en aquellas construcciones durante la noche. Haciendo uso de mi descaro israelí, le pregunté al guía oficial qué eran aquellos horribles cubos de cemento. Respondió con celeridad: "Son bloques de reclusión incomunicada, al cabo de dos días en uno de ellos cualquiera se convierte en un sionista fiel".
Aquello fue la gota que desbordó el vaso. Me di cuenta entonces, ya en 1984, de que mi aventura amorosa con el estado israelí y el sionismo se había acabado. A pesar de todo, sabía muy poco sobre Palestina, sobre la Nakba o incluso sobre el judaísmo y la judeidad. Únicamente sabía que, para mí, Israel era una mala noticia y no quería tener nada que ver con él. Dos semanas después entregué mi uniforme, agarré mi saxo contralto, tomé el autobús del aeropuerto Ben Gurion y volé en dirección a Europa, donde permanecí varios meses. Estaba disfrutando de la calle. A mis 21 años era libre por primera vez. En diciembre hacía demasiado frío y volví a casa con la clara intención de regresar a Europa.
* * *
Pasaron otros diez años antes de que me fuera posible dejar Israel para siempre. Los utilicé para aprender sobre el conflicto israelo-palestino, sobre la opresión. Empecé a aceptar que estaba viviendo en una tierra que pertenecía a otra gente. Empecé a conocer ese hecho pasmoso de que en 1948 los palestinos no se fueron voluntariamente, sino que fueron objeto de una brutal limpieza étnica por parte de mi abuelo y sus compinches. Empecé a darme cuenta de que la limpieza étnica nunca ha cesado en Israel, sólo tomó formas y estilos diferentes. Empecé a reconocer el hecho de que el sistema jurídico israelí se basa en una orientación racial absoluta. Un buen ejemplo era, obviamente, la "Ley del retorno", una ley que invita a los judíos a regresar a su "hogar" después de 2000 años, pero impide que los palestinos regresen a su tierra y a sus pueblos tras dos años en el extranjero. Durante todo aquel tiempo seguí progresando como músico, me había convertido en un importante músico de sesión y en productor musical. Pero todavía no estaba muy involucrado en ninguna actividad política. Estudié el discurso de la izquierda israelí y me di cuenta de que ésta era un club social en vez de un entorno ideológico motivado por una conciencia ética.
En la época de los acuerdos de Oslo (1994), ya no podía aguantar más. Comprendí que los "esfuerzos de paz" de los israelíes eran un auténtico engaño. No buscaban la reconciliación con los palestinos ni hacerle frente al pecado original sionista. En vez de eso, estaban allí para asegurar la existencia tranquila del estado judío a expensas de los palestinos. El derecho palestino al retorno no era en absoluto una alternativa. Decidí dejar mi hogar, abandonar mi carrera. Lo dejé todo, incluida mi esposa Tali, que se reunió conmigo después. Lo único que me llevé fue mi saxo tenor, mi verdadero amigo eterno.
Me mudé a Londres e hice estudios de postgrado en Filosofía en la universidad de Essex. Al cabo de una semana en Londres me las arreglé para obtener un puesto en el Black Lion, un legendario pub irlandés situado en Kilburn High Road. En aquel momento no comprendí la suerte que tenía. No supe lo difícil que es que a uno lo contraten en Londres. A decir verdad, aquello fue el origen de mi carrera internacional como músico de jazz. Al cabo de un año era muy popular en el Reino Unido tocando bebop y post bop.
Tres años después estaba de gira con mi banda por toda Europa.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que empezara a sentir un poco de nostalgia. Para mi sorpresa, no fue Israel lo que extrañaba. No eran Tel Aviv, Haifa o Jerusalén. En realidad añoraba Palestina. No añoraba al taxista descortés del aeropuerto Ben Gurion o un centro comercial en Ramat Gan, sino el humus de Yafo en las calles Yesfet y Salasa. Eran los pueblos palestinos desplegados sobre las colinas entre olivos y nopales sabbar. Me di cuenta de que siempre que sentía el deseo de volver a mi tierra terminaba en la londinense Edgware Road pasando la tarde en un restaurante libanés.
Sin embargo, una vez que empecé a exponer públicamente mis ideas sobre Israel, pronto tuve claro que para mí Edgware Road era lo más cerca de mi patria que alguna vez podría estar.
* * *
He de admitir que en Israel no estuve nunca interesado en la música árabe. Los colonos supremacistas nunca se interesan por la cultura autóctona. Siempre me ha gustado la música folclórica. Ya me había hecho un hueco en Europa como intérprete destacado de klezmer. Con los años empecé a tocar música turca y griega. Sin embargo, pasé por alto la música árabe y, sobre todo, la música palestina. Una vez en Londres, en aquellos restaurantes libaneses, empecé a darme cuenta de que nunca había analizado la música de mis vecinos. Lo más preocupante era que la había ignorado, a pesar de que la oía constantemente. Estaba por todas partes, pero nunca la escuchaba. Estaba en cada esquina de mi vida, la llamada a la oración de las mezquitas sobre las colinas. Um Jaltum, Farid El Atrash, Abdel Halim Hafez estaban en la calle, en la televisión, en los pequeños cafetines del barrio antiguo de Jerusalén, en los restaurantes. Estaban por todas partes, pero yo los había descartado irrespetuosamente.
Con treinta y pocos años y fuera de mi país me sumergí en la música autóctona de mi patria. No fue fácil. Fue casi impracticable. Mientras que el jazz era fácil para mí, la música árabe se me resistía. Ponía la música, tomaba el saxofón o el clarinete, trataba de imitarla y sonaba falso. Pronto me di cuenta de que la música árabe era un lenguaje totalmente distinto. No sabía por dónde empezar y cómo encararla.
La música de jazz es un producto occidental. Nació en el siglo XX y se desarrolló en los márgenes de la industria cultural. El bebop, la música con la que crecí, está hecha de fragmentos musicales relativamente pequeños. Las melodías son breves porque tenían que caber en el formato de los discos de los años cuarenta (3 minutos). La música occidental puede transcribirse fácilmente en el lenguaje visual del pentagrama con las notas y los acordes habituales.
El jazz, al igual que cualquier otra forma de arte occidental, es parcialmente digital. La música árabe, por otro lado, es analógica, no se puede transcribir. Si se transcribe, su autenticidad desaparece. Había alcanzado por fin la suficiente madurez humana para enfrentarme a la música de mi patria, pero mis conocimientos musicales se interponían en mi camino.
No podía comprender qué era lo que me impedía dominar la música árabe. No podía comprender por qué no sonaba bien. Pasaba mucho tiempo escuchando y ensayando. Pero no sonaba bien. Con el tiempo, los críticos musicales de Europa empezaron a apreciar mi nuevo sonido, empezaron a considerarme como un nuevo héroe del jazz que había cruzado la línea divisoria y como un experto en música árabe. Yo sabía que se equivocaban, pues por mucho que tratase de cruzar esa frontera notaba fácilmente que mi sonido y mi interpretación eran ajenos al auténtico color árabe.
Pero entonces descubrí un truco fácil. En mis conciertos, cuando trataba de emular el sonido oriental, cantaba primero una estrofa que me recordase el sonido que ignoré en mi infancia, trataba de recordar los ecos del almuecín adentrándose a hurtadillas por nuestras callejuelas desde los valles de alrededor. Trataba de recordar el sonido asombrosamente obsesivo de mis amigos Dhafer Youssef y Nizar Al Issa. Escuchaba la voz baja y persistente de Abel Halim Hafez. Al principio, sólo cerraba los ojos y escuchaba mi oído interior, pero sin darme cuenta empecé a despegar los labios y a cantar cada vez más fuerte. Supe entonces que si cantaba con el saxofón en la boca obtendría un sonido muy cercano al de los cornos de metal de las mezquitas. Al principio traté de acercarme lo más posible al sonido árabe, pero llegó un momento en que me olvidé de lo que estaba tratando de lograr; empecé a divertirme.
El año pasado, mientras grababa un álbum en Suiza, supe de repente que mi sonido árabe ya era lo bastante bueno como para no avergonzarme más. Al escuchar algunas tomas en la sala de control supe que los ecos de Jenín, Al Quds y Ramalá surgían con naturalidad de los altavoces. Traté de preguntarme a mí mismo qué había ocurrido, por qué de repente empezaba a parecer genuino. Me di cuenta de que había abandonado la primacía del ojo para regresar a la primacía del oído. Ya no buscaba inspiración en el pentagrama, en las notas musicales o en los acordes. En vez de eso, estaba escuchando mi voz interior. La pelea con la música árabe me recordó por qué empecé a tocar música en primer lugar. Al final del día escuché a Bird en la radio en vez de verlo en MTV.
Me gustaría terminar esta charla diciendo que ya va siendo hora de que aprendamos a escuchar a la gente que queremos. Ya va siendo hora de que escuchemos a los palestinos en vez de seguir lo que dicen algunos deteriorados libros de texto. Ya va siendo hora. Sólo en fechas recientes comprendí que la ética entra en juego cuando los ojos se cierran y los ecos de la conciencia forman una melodía interior. Empatizar es aceptar la primacía del oído.
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Epílogo: Gilad Atzmon o La redención del exiliado
Desde que hace algunos años conocí a Gilad Atzmon con motivo de una larga entrevista que le hice estoy convencido de que este hombre escucha al mundo con los oídos de un artista. No fue casualidad si lo titulé La belleza como arma política, pues tanto de su música como de sus escritos emana siempre una profunda y sublime poesía, incluso si tratan -como suele suceder- de la perenne tragedia palestina causada por Israel. Este artículo, que es la elaboración detallada de una charla que pronunció recientemente en Brighton (Reino Unido), no es un excepción a esta regla, pero en lugar de tratar el argumento desde un punto de vista externo -técnica literaria que establece una distancia y lo "enfría"- aquí el ex israelí Atzmon asume el doloroso papel de sujeto que se sitúa en medio de la acción para contarnos su propio itinerario desde el infierno racista del estado sionista, donde nació, hasta la única salida ética que le quedaba cuanto escuchó la luz a través del milagro de la música: el exilio voluntario. Exile, como ya bien saben los lectores informados sobre este gran jazzman, es uno de sus álbumes más hermosos. Pero para mí es también el argumento principal de este artículo.
No es cosa del azar si otros israelíes tan honrados como Ilan Pappe han escogido asimismo el exilio -al igual que hizo Atzmon- como única manera de redimirse de la vergüenza de pertenecer a un Estado que trata a la población autóctona como si fueran bestias despreciables. Pero el relato de Atzmon tiene una ventaja adicional -por lo menos para los melómanos- y es la sutil narración de su despertar de la culpable pesadilla israelí en que estaba sumergido, proceso que le permitió liberarse mediante su renuncia a la israelidad, y todo ello gracias al arte de Charlie Parker. El arte es el vaso comunicante que une a Parker y Atzmon. Pero hay más: el hecho de que Parker fuese negro -una raza tan despreciada por los colonialistas de siempre como hoy lo son los palestinos por parte de los sionistas- sirve simbólicamente el propósito de la redención de Atzmon: para él, aceptar la causa de la música negra fue como matar dos pájaros de un tiro, pues significó que simultáneamente aceptaba la causa de la liberación del pueblo palestino a través del activismo político. Textos como éste, escritos por personas como Atzmon que han decidido integrarse en la humanidad sin discriminaciones tribales y que se definen como ex sionistas, nos ayudan a mantener la esperanza de que un día la tierra de Palestina se verá libre de esta plaga racista posmoderna que es el sionismo y de que todos sus habitantes vivirán en paz con independencia de su religión o su identidad étnica.- Manuel Talens
Gilad Atzmon es músico, escritor y activista político ex judío. Nacido en Jerusalén, se considera a sí mismo palestino de lengua hebrea. Vive en Londres. Su último trabajo musical se titula Refuge y su última novela My One and Only Love, de próxima publicación en español. Su sitio web es http://www.gilad.co.uk/ .
Manuel Talens es escritor y traductor español, miembro de Cubadebate, Rebelión y Tlaxcala. Su última novela se titula La cinta de Moebius (Alcalá Grupo Editorial). http://www.manueltalens.com
El documental de Ari Folman ha sido el triunfador en los premios de la Academia de Cine de Israel, con seis estatuillas a Mejor Película, Mejor Dirección, Mejor Guión, Mejor Dirección Artística, Mejor Montaje y Mejor Sonido. Su carrera internacional es aún si cabe más arrolladora, ya que ha obtenido el Globo de Oro a la Mejor Película de Habla No Inglesa, lo que le da muchas posibilidades en esta misma categoría de cara a los Óscar, donde compite con «La clase».
Mikel Insausti 20 de febrero de 2009
El documental animado surge, en el caso de Ari Folman, como una pura necesidad expresiva, no como un experimento buscado. Quería reconstruir los sucesos del Líbano a principios de los 80, pero desde el punto de vista de su participación personal en los mismos como miembro del Ejército israelí. Sin embargo, no contaba con imágenes del exterminio en los campos de refugiados de Sabra y Chatila, habiendo de recurrir a la técnica del film-entrevista, con los testigos hablando a cámara fija, uno tras otro, hasta completar un testimonio colectivo de lo ocurrido. El tono confesional de autocrítica que perseguía el documentalista en esta ocasión no se lo daba un género tan limitado, así que pensó que los dibujos podían ser una forma de desarrollar todo lo vivido, tanto lo real como los recuerdos borrosos que acudían a su mente, tantos años después, en forma de pesadillas. Esa dimensión onírica sólo se la podía ofrecer la animación, y de ahí que se decidiera por una opción que en principio hubiera parecido descabellada.
Es posible que de no haber existido el precedente de «Persépolis», el fenómeno de una animación adulta con una temática política de repercusión internacional no se habría dado de nuevo. El recorrido seguido por «Vals con Bashir» es similar, ya que ha acabado compitiendo también por un Óscar. Pero esta vez, tal vez por su procedencia israelita, la Academia de Hollywood ha sido más justa. A la película de la iraní Marjane Satrapi le tocó competir en la categoría de Mejor Largometraje de Animación, a sabiendas de que nada podía hacer contra el gigante Pixar y su magistral «Ratatouille», una película para niños. Este año la cosa es muy distinta, gracias a que el trabajo de Folman no tendrá que enfrentarse a la invencible «Wall-E», otra de Pixar con un enfoque infantil. El error ha sido enmendado y «Vals con Bashir» está nominada en la categoría abierta de Mejor Película de Habla No Inglesa, donde cuenta con mayores posibilidades. Las peculiaridades de la película han sido tenidas en cuenta, puesto que, hoy por hoy, en Hollywood la animación adulta no dispone de un espacio específico y el modelo a seguir continua siendo el marcado por Disney.
La diferencia básica entre «Persépolis» y «Vals con Bashir» estriba en la procedencia del material, ya que Marjane Satrapi se basó en su propio cómic. El caso del experimento de Ari Folman resulta, en cambio, único. Se puede afirmar con rotundidad que la animación ha sido creada partiendo de cero, aunque hay quien se ha apresurado a comparar la técnica empleada con los hallazgos de Ralph Bakshi a través de la utilización del «rotoscopio», que permitía dibujar sobre imágenes reales filmadas previamente. Es la opción que ha seguido en sus ensayos posteriores el visionario cineasta independiente Richard Linklater, tanto en «Waking Life» como en «A Scanner Darkly». Por el contrario, Folman no ha superpuesto en ningún momento imagen real y animación, sino que utilizó las grabaciones previas en imagen digital con actores simplemente como referencia para, a partir de ellas, dibujar el story board completo de un modo absolutamente creativo. Lo que hizo fue crear una base narrativa, un soporte argumental sobre el que sustentar la planificación de ese largometraje animado para adultos del que venimos hablando.
El curioso y original método Folman no puede resultar más impactante, gracias a su mezcla de realismo bélico y onirismo delirante, que es lo que buscaban cineastas como Coppola cuando se acercaron a la locura de la Guerra de Vietnam, sólo que empleando la imagen real. El israelí consigue que el dibujo transmita verismo al recurrir a las voces de los personajes que reviven los hechos; entre otras, la suya propia. Cada voz se acopla a un personaje dibujado, con lo que esas figuras toman cuerpo y son identificables. Personas maduras rememoran así lo que hicieron en su juventud, cuando participaron en una acción genocida que no han podido borrar de su mente, y que en la actualidad les persigue como un mal sueño. Por su carga reflexiva, el proceso de animación ha sido mucho más laborioso del que ya lo suele ser habitualmente, hasta el punto de que el autor ha necesitado cuatro largos años para concluirlo, durante los cuáles han nacido sus hijos. Quizás se trate de una señal de cara al futuro, considerado el poder catárquico de «Valsh con Bashir». Folman quiere que sirva de legado a las nuevas generaciones, ya que a él esta compleja realización le ha servido de terapia, como medio para reconciliarse con los fantasmas del pasado que le provocaban constantes depresiones. No es para menos.
El reciente genocidio de Gaza vuelve a repetir una tragedia comparable a la que tuvo lugar en el año 1982 en el Líbano, sin que se sepa aún cuantas matanzas más ha de soportar el pueblo palestino antes de que haya una depuración de responsabilidades o de que los culpables sean alguna vez juzgados. Entonces Ariel Sharon ya puso en práctica el fariseísmo, cuando desvió la atención hacia los ejecutores materiales de los crímenes en los campos de refugiados de Sabra y Chatila. Las falanges cristianas nunca actuaron por iniciativa propia, sino que formaban parte de una operación conjunta y estaban apoyadas por el bombardeo sobre la zona del Ejército israelí. El asesinato indiscriminado de civiles siempre es repugnante, pero más aún lo es el ocultamiento posterior y la negación de las evidencias. Todos los documentos y reportajes recogidos en Beirut Oeste no mentían, por mucho que tratasen de minimizar el número final de víctimas, hablando de unos pocos centenares, cuando, por desgracia, se trató de entre uno y dos millares. Israel habló una vez más de su seguridad, en nombre de la cual sigue ocupando territorios árabes y masacrando a su población. Folman es uno de los que sabe de primera mano que la sociedad israelí está enferma, aquejada de un síndrome nazi del que históricamente no ha sabido ni ha querido desprenderse ni olvidar. Una de las mejores plasmaciones de ese odio mal dirigido la podemos encontrar en la escena que inspira el título de la película, en la que los soldados israelíes disparan contra los carteles de Bashir Gemayel, el primer ministro del Líbano, objeto de sus iras paranoicas y belicistas. Ellos piensan que la mejor defensa es el ataque y, guiados por tan fanático pretexto, arrasan con todo lo que se les pone por delante, confirmándose como la maldición bíblica que fueron, son y serán por los siglos de los siglos.
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