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sábado, 28 de mayo de 2011

#arseniclife, o cómo funciona la ciencia y su comunicación

"Hallada una nueva forma de vida en la Tierra", dijo Público. "Una bacteria que vive con el arsénico amplía la receta de la vida", aclaraba El País. Era principio de diciembre del año pasado y la NASA había convocado una rueda de prensa para "para tratar de un descubrimiento astrobiológico de impacto en la busca de pruebas de vida extraterrestre". Los rumores corrieron como la pólvora por internet, si bien algunos como Javier Armentia, quizá dotados de un buen instinto periodístico, quizá poseedores de información privilegiada, seguramente ambas cosas, supieron rastrear las pistas dejadas entrever en el comunicado hasta su auténtico contenido: la futura publicación en Science de un artículo científico que afirmaba la existencia de una cepa bacteriana capaz de sobrevivir y reproducirse en un medio con arsénico y sin fósforo.

domingo, 11 de octubre de 2009

Diálogos plutónicos: sobre el optimismo y el pesimismo

Carlo Frabetti
Escritor y matemático


El optimismo de algunos militantes de izquierdas es insensato y falsamente movilizador, y a veces incluso le hace el juego al enemigo.

-El optimismo ingenuo que subvalora las fuerzas del enemigo, o lo que viene a ser lo mismo, que sobrevalora las nuestras, desde luego que sí; minimizar la magnitud de un problema es la mejor forma de agravarlo. Pero aún más peligroso es caer en el extremo opuesto: el pesimismo derrotista, la paralizadora falacia de que no hay nada que hacer (que algunos, dicho sea de paso, utilizan como coartada de su comodidad o su cobardía). No hay que ser optimista ni pesimista, sino todo lo contrario.

-¿Y eso qué significa?

-Que tendemos a pensar de forma lineal, mecánica, adialéctica, y hemos de hacer un esfuerzo de reflexión para ir más allá de determinadas contradicciones y dicotomías. Se suele decir que el optimista ve la botella medio llena y el pesimista la ve medio vacía; ¿quién tiene razón?

-Los dos, según se mire.

-Ninguno de los dos, si se mira objetivamente. La contradicción se supera diciendo que la botella, si es de un litro y está por la mitad, contiene medio litro de líquido. Y lo que debamos y podamos hacer con ese medio litro en unas circunstancias concretas determinará si nos hallamos ante una situación favorable o desfavorable. Medio litro de agua es suficiente para lavarse los dientes e insuficiente para darse un baño. En este caso, como en tantos otros, el pensamiento cuantitativo resuelve la cuestión.

-No siempre es tan sencillo.

-No. Pero siempre podemos ir más allá de las apreciaciones meramente cualitativas y de las generalizaciones demasiado vagas.

-Ponme un ejemplo menos trivial que el de la botella.

-Hace unos años, en un memorable debate televisivo sobre la campaña «Póntelo, pónselo», una señora del Opus Dei afirmó que el uso del preservativo no evitaba por completo la transmisión del VIH, y los defensores del condón no supieron replicar adecuadamente.

-¿Por qué?

-Porque pensaban de forma meramente cualitativa. Y en términos cualitativos el argumento de la dama del Opus era cierto: el preservativo no elimina por completo el riesgo de transmisión del sida.

-¿Entonces tenía razón?

-No, no tenía razón en absoluto, porque no tiene ningún sentido hablar de riesgo si no se cuantifica. Cada vez que salimos a la calle corremos el riesgo de que nos caiga algo en la cabeza: una maceta, una cornisa, un suicida, un meteorito... Pero si una madre no dejara salir a su hijo por miedo a que lo aplastara un suicida al saltar desde un octavo piso, seguramente la tacharíamos de sobreprotectora. Y la probabilidad de transmisión del VIH con un uso correcto del preservativo no es mucho mayor que la de que nos caiga algo en la cabeza mientras vamos por la calle.

El «optimista» que minimiza la gravedad del problema y no toma las debidas precauciones es un insensato, y además atenta contra la salud pública; pero el «pesimista» que afirma que la única protección eficaz es la abstinencia sexual condena a sus seguidores a un destino peor que el sida. Y, como en el caso de la botella, la contradicción se supera cuantificando el riesgo, que es el requisito previo para poder elegir con fundamento las opciones que garantizan la máxima seguridad sin un sacrificio excesivo.

-De acuerdo. Pero hemos empezado hablando del optimismo de algunos militantes de izquierdas. Nuestra botella política no está por la mitad, ni mucho menos. ¿Por qué luchar, si nuestras fuerzas son muy inferiores a las del enemigo? Aquí no funciona el criterio cuantitativo.

-Sí que funciona, y de forma aún más clara. Si luchamos, la probabilidad de vencer es baja; pero si no luchamos, es nula. Y, como nos enseñan las matemáticas, cualquier número positivo, por pequeño que sea, es infinitamente mayor que el cero. Hemos ido de lo cualitativo a lo cuantitativo, y ahora la cantidad se convierte en calidad. Algo no sólo es más que nada: algo es algo, como nos recuerda una frase hecha menos trivial de lo que parece, mientras que nada no es nada. El camino de la lucha es duro, peligroso e incierto; pero, como decía Pasionaria, es el único camino.

Los que luchan pueden morir en el intento; pero los que se resignan ya están muertos.

martes, 7 de julio de 2009

Activistas rechazan el calificativo de "gorilas" que se le ha aplicado a los golpistas hondureños


Ante los recientes acontecimientos en Centroamérica, activistas del movimiento por liberación animal manifestaron su rechazo al uso abusivo y especista del término "gorilas", aplicado a los golpistas hondureños.

Este calificativo, popularizado durante las dictaduras militares desde los años 60 en el Cono Sur, se basa en mitos y creencias obsoletos acerca del comportamiento de estos animales, considerados bárbaros y brutales, hechos ya desmentidos por la ciencia. Lejos de la leyenda, los gorilas, que hoy se encuentran en extinción, son parientes cercanos de los humanos, de quienes se distanciaron genéticamente hace sólo nueve millones de años.

Los gorilas son primates herbívoros que sobreviven en la faja ecuatorial del continente africano, de Camerún al oeste hasta Ruanda y Uganda al este. El gorila macho puede llegar a medir hasta dos metros y pesar 200 kilos, de color negro, cambia a gris el pelaje de su espalda al alcanzar la madurez. Su esqueleto es similar al nuestro aunque sus huesos son más anchos. Su reputación de animal agresivo es injustificada, ya que mientras no les molesten son más bien tímidos.

El gran parentesco que tienen estos animales con el hombre es enorme. Compartimos el 97.7% de los genes con los gorilas. Es un parentesco similar al que tienen otras especies que a simple vista no se distinguen. La diferencia genética es menor que la existente entre especies de un mismo género y familia.

Los trabajos realizados por Francine Patterson y Wendy Gordon, con gorilas (Koko y Michael), enseñándoles el lenguaje de los signos de los sordomudos, muestran que no sólo nos asemejamos en los genes si no también en nuestro comportamiento y capacidades.

Se han hecho descubrimientos sorprendentes; como demostrar que tienen su propia cultura, que son capaces de transmitírsela a sus hijos, que conversan entre ellos, que tienen pensamientos privados, imaginación, recuerdos temporales, autoconciencia, empatía, capacidad de engañar, curiosidad, sentido del humor, sentido del tiempo, consciencia de la muerte y son capaces de mantener una amistad que dure toda la vida.

Al respecto se ha creado desde hace unos años la organización Proyecto Gran Simio, que trabaja por la supresión de la categoría de 'propiedad' que ahora tienen los antropoides no humanos y por la inclusión inmediata en la categoría de personas. Para mayor información: http://www.proyectogransimio.org/index.php

domingo, 31 de mayo de 2009

Del descubierto «eslabón perdido» a la búsqueda del «rigor perdido»

Ha sido la noticia científica de los últimos días: el hallazgo de un antiquísimo fósil cercano al linaje humano y presentado como el manido «eslabón perdido» y, por fin, descubierto. Pero lejos de los titulares se esconde un eslabón, sólo uno más, en la cadena evolutiva.

Joseba VIVANCO
Gara, 25 de mayo de 2009

El «eslabón perdido». Seguro que en los últimos días han escuchado y leído una y mil veces que el Santo Grial, la Piedra Rosetta del nexo entre el ser humano y los primates ha sido al fin descubierto. Pocos titulares periodísticos se han resistido a echar mano de tan suculento resumen para anunciar el hallazgo en Alemania de un muy antiguo fósil de 47 millones de años, perfectamente conservado y asemejado a un lémur, pero «vendido» como la especie definitiva a medio camino entre el hombre y el mono.

¡Una pena que ni siquiera ésta última aseveración sea cierta, ya que los humanos no descendemos de la mona Chita, aunque sí nos remontemos a ancestros comunes!

La noticia del hallazgo científico recorrió los medios de comunicación de medio mundo. Hasta el todopoderoso buscador Google le dedicó ese día su particular dibujito. «Aseguran haber encontrado el 'eslabón perdido' de la evolución humana», «Descubren un fósil del 'eslabón perdido' entre hombres y mamíferos» -¿acaso el ser humano no es un mamífero?-, eran titulares que se leían en prensa e internet o anunciaban en los informativos televisivos.

Un diario argentino rizaba el rizo con el siguiente esfuerzo de síntesis: «Se trata del esqueleto fosilizado de un mono lémur de 47 millones de años que podría probar la teoría evolucionista y la conexión entre los mamíferos y el ser humano». ¡Como para despedir a su instigador!

El anuncio de este hallazgo fue presentado a bombo y platillo por sus descubridores. Pero la primera sombra de duda sobre la relevancia del hito fue ya que la investigación no se publicara en ninguna de las dos revista científicas más prestigiosas para la ocasión, caso de «Science» o «Nature». ¿Por qué? «Puede que les hayan rechazado el artículo por no alcanzar el nivel científico exigido o quizá que lo hayan querido publicar en otra revista para ir más rápidos», opinaba en su respetado blog sobre la materia Paleofreak.

Cuando todas las piezas de un avance científico de calado histórico no cuadran, lo mejor es recurrir a quien sabe del tema, toda vez que los medios de comunicación, en general, se han vuelto a dejar llevar por el sensacionalismo, consciente o no. Y la blogosfera se ha convertido en la mejor prueba del algodón.

Un vistazo a algunas bitácoras paleontológicas y científicas nos revela que «los periodistas han metido en sus artículos una buena cantidad de morcillas científicamente absurdas», como critica el propio Paleofreak, aunque esta vez «engañados» por los propios científicos. ¿Por qué? Uno de ellos, J.H. Hurum, lo admitía: «Todas las bandas de música pop lo hacen. Los atletas lo hacen. Tenemos que empezar a pensar de esa forma en la ciencia». El problema es cuando «a la gente no le llega, entonces, la ciencia, sino una falsedad», cuestiona Paleofreak.

No hay eslabones, sino cadenas

Y la primera falsedad es la de hablar de «eslabón perdido». Simple y llanamente, un mito. De existir un eslabón en la cadena evolutivo, «implicaría que la evolución es una sucesión lineal de especies y no el complicado proceso de ramificación y coexistencia que es en realidad», apunta el blog Evolucionarios.

«No es que nos falte un eslabón, es que sólo tenemos trozos sueltos que nos permiten hacernos una idea de la forma de la cadena, pero nos siguen faltando fragmentos. Lo que los científicos buscan no es el 'eslabón perdido', sino completar la historia de la evolución de la vida», sentencia su colega de Teleobjetivo.

Con el hallazgo de este Darwinius masillae -ya el nombre es toda una presentación de intenciones-, no hay eslabón, ni siquiera estado intermedio entre el ser humano y los simios antropoides, que ése ya lo ocuparon en su día los fósiles de Australopitecus. Ni siquiera estamos ante un ancestro del hombre y menos nos revela nada sobre la evolución humana.

Lo que estaríamos, según Paleofreak, es ante un muy bien conservado resto fosilizado -del que puede estudiarse hasta la comida de su estómago-, muy antiguo, asemejado a un lémur, pero cuyos descubridores defienden que estaría más cercano a los monos. Un hallazgo interesante, sin duda, para paleontólogos o estudiosos de la filogenia de primates. Pero sin ser lo revolucionario que se ha vendido, con mediática izada de telón, página web, libro y documental, todo en el mismo pack.

Por si había alguna duda, baste la confesión, apenas unos días después, de Philip Gingerich, paleontólogo de la Universidad de Michigan y uno de los autores del controvertido estudio: «Teníamos una televisión involucrada e íbamos contra el reloj. Nos obligaron a completar el estudio. No me gusta hacer ciencia de esa manera».

El hallazgo de un «fósil transnacional» -más correcto, pero mucho menos rimbombante-, que debidamente publicitado y compinchado con la limitada cultura científica de los medios de comunicación, ha terminado, como titulaba el blog Evolucionarios, en la «búsqueda del rigor perdido».