jueves, 5 de marzo de 2009

«Che. Guerrilla»: Vida y muerte de un revolucionario consecuente

Han transcurrido seis meses entre el estreno de la primera parte del «Che» de Steven Soderbergh y la segunda, por lo que serán vistas y juzgadas de forma aislada y diferenciada, aunque ambas integran una única obra que la distribución comercial no ha considerado oportuno exhibir de un tirón. Hollywood y los Óscar le han dado la espalda, mientras que los Goya premiaban a Benicio Del Toro como el Mejor Actor Principal por su enorme trabajo físico.

por Mikel Insausti
Gara, 27 de febrero de 2009



Es una pena que haya pasado tanto tiempo entre el visionado de «Che. El argentino» y el de esta segunda parte, porque se pierde la sensación de unidad que debería tener este proyecto de Steven Soderbergh. En el Festival de Cannes se proyectó de un tirón, con tan sólo un pequeño descanso en medio, y quienes disfrutaron de aquellas más de cuatro intensas horas de cine se mostraron más entusiasmados en sus crónicas, aunque sólo sea por el privilegio de asistir a una sesión única e irrepetible, que cuantos nos ha tocado conocerla en forma de díptico.

Para la mayoría de los cronistas resulta inevitable ahora tener que hablar de las diferencias apreciables entre las dos películas, como si fueran distintas. No en vano se refieren a periodos opuestos en la vida de Ernesto Guevara, porque si la primera parte ilustraba el triunfo de la revolución cubana, en «Che. Guerrilla» se afrontan los momentos más aciagos de su existencia, los que tuvieron que ver con la calamitosa campaña boliviana de la que no saldría vivo.

Técnica sobre sentimiento

Conociendo el estilo de Steven Soderbergh, donde lo técnico se impone al sentimiento, no cabe duda de que resulta más válido para la narración de los acontecimientos recogidos en la segunda parte. En «Che. El argentino» faltaba pasión, porque no había ningún tipo de implicación en la descripción del proceso revolucionario, visto con el mismo distanciamiento utilizado para retratar a la figura central del Che.

Esa teórica objetividad jugaba en contra a la hora de establecer una relación íntima entre el nivel individual del personaje y el colectivo de su lucha, puesto que su entrega a la causa de la liberación internacionalista de los pueblos fue total y no admitía reservas, ni tampoco diferenciaciones entre los planteamientos ideológicos y la praxis de la acción a través de la guerrilla. Las escaramuzas en Sierra Maestra eran mostradas de forma reiterativa, casi mecánica, con esa tendencia a la fragmentación del montaje que tiene Soderbergh, y así, cuando llegaba el momento final de encaminarse a la entrada victoriosa en La Habana, era mostrado como una situación más de tantas, desprovisto de cualquier asomo de carga épica.

La desmitificación que Soderbergh hace del Che es justa, ya que, a cambio de restarle el aura de santidad, del todo impropia y transmitida por una iconografía en las camisetas cercana a la de Jesucristo, ofrece la imagen desnuda del combatiente. Este aspecto se refuerza todavía más en «Che. Guerrilla», porque en la senda de la derrota es donde de forma más radical Guevara revela su carácter irreductible y perdurable, como hombre capaz de sacrificarse por sus ideas de justicia para los oprimidos.

Soledad del Che

No deja de ser un tramo final oscuro, porque el guerrillero se ve solo e incluso traicionado por algunos de los suyos. La atmósfera que la película adquiere en circunstancias tan desesperadas es la de la desorientación, rayando con la locura y el poder de un medio hostil que impone su supremacía telúrica sobre el tiempo que se escapa. Es en ese punto delirante en el que el cine de Soderbergh se acerca al de Werner Herzog o al de Terrence Malick, acostumbrados a reflejar aventuras imposibles en mundos cerrados sobre sí mismos.

Si no recuerdo mal, creo que las dos partes se rodaron en sentido inverso a como se han exhibido en los cines, ya que primero se filmaron las secuencias en torno al río Guadiaro, que debía hacer las veces de la jungla boliviana. Fue, por tanto, en Andalucía donde empezó a gestarse una producción de setenta millones, que después viajaría a Puerto Rico y a México para rodar el material a la revolución cubana, debido a que el bloqueo norteamericano impidió el poderlo hacer en los escenarios originales.

El reparto que interviene en «Che. Guerrilla» está integrado en su mayoría por intérpretes españoles, en lógica con las localizaciones que se utilizaron. Una participación dentro los países coproductores que ha facilitado el hecho, no sin polémicas, de que el actor puertorriqueño Benicio Del Toro recibiese el Goya al Mejor Actor Principal. En cambio, no tuvo ninguna opción para salir nominado en los Óscar, lo que indica que, pese a tratarse de un proyecto del norteamericano Steven Soderbergh, no ha tenido repercusión en los círculos de Hollywood.

De hecho, esta obra ha sido mucho mejor recibida en el Festival de la Habana, donde fue calificada de respetuosa a pesar su frialdad. En todas las entrevistas, Del Toro ha insistido en la necesidad de penetrar en el mercado norteamericano, a fin de que los temas de la cultura latinoamericana sean tenidos en cuenta, así como su dimensión política y social. Sin embargo, da la sensación de que ha sido mejor recibida en su natural área de influencia, y de que habrá que seguir intentándolo.

Preso de un parecido físico

Es curioso que Benicio del Toro llegase a encarnar a un mito como el Che Guevara por una cuestión de parecido, como si el destino le hubiera colocado en esa tesitura y no pudiera rebelarse contra él. No quiero decir con esto que haya protagonizado las dos películas obligado, pero algo le decía en su interior que había sido elegido para convertirse en el Che cinematográfico. Y tirando del hilo de la imagen externa la interpretación consecuente ha sido del todo física, en cuanto que el espectador está viendo constantemente al hombre de acción. La forma en la que el puertorriqueño ha superado la enorme responsabilidad de una caracterización tan universal, en la que otros fracasaron antes exceptuando a Gael García Bernal y su composición del joven Ernesto Guevara en «Diarios de motocicleta», ha sido la de experimentar en sus propias carnes la dureza de las condiciones de supervivencia en la selva.

Las largas caminatas cargando con el fusil, las enfermedades o la escasez de alimentos han sido asumidas en un rodaje extremo. La labor de Benicio Del Toro era la de recuperar el liderazgo del personaje, dando ejemplo al resto de compañeros de reparto. A la dieta montaraz se sumó la ausencia de efectos de maquillaje o de peluquería, a fin de reflejar un deterioro físico real. Todos tenían que convivir durante la filmación con la suciedad y las incomodidades de un modo lo más posible realista, por lo que la barba y el pelo les fue creciendo como a los verdaderos guerrilleros en su lucha contra el dictador boliviano René Barrientos.

El hombre que mató a Ernesto Guevara

La historia del sargento Mario Terán merecería una película por sí misma, pues fue él mismo el hombre que mató al Che Guevara cumpliendo órdenes. Tuvo que ser el propio guerrillero el que le animó a cumplir con la ejecución, ya que el militar boliviano no se atrevía a hacerlo y le temblaba el pulso. En realidad, había esperado el máximo de tiempo disponible a que la orden fuera anulada por sus mandos, pero finalmente hubo de cumplirla. Aquel impresionante episodio vivido en La Higuera, último destino de la trágica campaña boliviana, es protagonizado en «Che. Guerrilla» por el actor peruano Christian Esquivel, quien encarna al tristemente célebre sargento Terán. Es el mismo que coprotagoniza junto a Josean Bengoetxea «Ander», la película vasca recientemente premiada en la Berlinale. El verdadero ejecutor del Che sigue todavía vivo, y se da la circunstancia de que en 2007 fue operado de la vista por médicos cubanos, en el marco de la denominada «Operación Milagro», en una campaña de cooperación en Bolivia con el gobierno de Evo Morales.